el otro día hablaba con Altran sobre la mentalidad de acaparamiento que parece estar aún anclada en el subconsciente -quizá no tan sub- de la población española. ejemplo de ello: si es gratis y nadie mira, me lo llevo todo. que en algún momento hará falta y yo no tendré de eso.

de ahí que el otro día pensara en el triste destino de los lápices de Ikea, al menos en su centro de mi región: desaparecen en manos de desaprensivos cuyo comportamiento nos podría llevar a pensar que quizá quieran escribir una nueva versión de La Regenta, aunque lo más cercano a la realidad sería pensar que esos lápices acabarán olvidados en el coche, perdidos en algún cajón de sastre, o quizá algunos pocos afortunados serán utilizados para garabatear números de teléfono en una libreta hasta el fin de su vida de grafito. cualquier cosa menos anotar las medidas de tu nueva estantería Billy. ¿por qué? ¡porque son gratis y me los puedo llevar!. claro.

la visión de “lo gratuito” tiene dos caras, y me voy al Gurú para verbigraciar:

me gusta leer a Seth Godin hablando de la utilidad comercial de ofrecer ciertos productos de manera gratuita para generar algunos beneficios -económicos o no- derivados de otros servicios relacionados. pero él también va más allá de esas técnicas de marketing y comprende y explica por qué a veces dar cosas gratis supone una desventaja (ejemplo reciente sobre por qué pedir un anticipo económico a quienes van a hacer prácticas a su empresa).

¿qué pasaría si cada lápiz costara 10 céntimos?

¿y si para ir a la universidad tuviéramos que pagar un poco más?, ¿se matricularía tanta gente que no quiere estar ahí?, ¿empezaríamos a entender que estamos sumidos en una relación contractual?, ¿nos quejaríamos más ante las deficiencias del servicio proporcionado?.

eso me pasa por salir de casa. ahora resulta que tengo que pagar por poder ver la televisión. normas del país: cada casa debe pagar por hacer uso de las ondas televisivas, el cable, la TDT… lo que sea. ah, y también de la radio.

algo parecido pasa con internet. no puedes ir a un distribuidor de servicios -como sería telefónica o telecable en España- y pedirles que te conecten por las bravas; hay que esperar a que una compañía del gobierno -sobresaturada de trabajo- vaya a tu casa para dar de paso la instalación… lo que, en nuestro caso, lleva ya 7 semanas en standby, y parece que aún queda un mínimo de 2 más.

me sorprende porque esas cosas que en España asumimos como grátis (tele, radio, bibliotecas -aquí pagas por sacarte el carnet y TIENES que estar empadornado en la ciudad- y conexión a un proveedor de internet) aquí constituyen pequeños gastos que sangran nuestra economía doméstica.

también hay otras que en la piel de toro ya cuestan bastante, por ejemplo la matrícula en la universidad, aquí tienen un precio desorbitado: en una carrera masificada como historia del arte -gente sentada en el suelo en casi cada clase- cada semestre cuesta 600€. claro que las clases merecen la pena y si un profesor no rinde lo tiene bastante jodido. umm. bien mirado quizá merecería la pena pagar un poco más y tener profesores que les gusta lo que hacen en vez de conocer todos esos ejemplares de caraduras que dan míseras clases -cuando las dan- y viven del cuento desde que sacan la plaza hasta que ponen a su hijo o a su ex-alumna y ex-polvo favorito en el departamento. pero ese no es el caso.

me gusta el supuesto estado del bienestar. y debo decir que: frente a la límpida y sin obstáculos realidad mesurada forma de vida germana, prefiero en muchos casos la denostada y caótica
complejidad de mi emvellecida piel de toro