2840527378_bfff96084c_m.jpgme gusta contar historias. me encanta, metidos en eso, hablar de los sitios que me han acogido o repudiado. San Francisco o mañana, para entendernos.

disfruto diciendo maravillas de una ciudad y pestes de otra… pero para eso hay que moverse y eso a veces dificulta un poco la comunicación. así que, aunque me encanta contaros cosas, durante los próximos días estaré ligeramente ocupado: primero porque cambio de país por una semana y me voy a Utrecht, Holanda, a terminar cierto asunto académico que tengo pendiente. y a añadir otro capítulo a mi “guía turística a la Amsterdam más auténtica”. o sea, que me voy a callejear, si el frío lo permite, por algunas zonas que no tengo muy controladas.

pero volvamos a las razones por las que no postearé demasiado; ya había terminado con la primera así que… y segundo, porque mientras esté allá posiblemente mis posibilidades de conexión a la red de redes se van a ver mermadas un poco -a no ser que sea verdad lo que me cuenten, y la vecina haya sucumbido a nuestros ruegos para que abriese su wifi-. de modo que no creáis que abandono el blog si desaparezco por unos días. sólo estoy comiendo patatas con mayonesa, bebiendo cerveza y fumando… me el tiempo alejado de estos lares 🙂

nos leemos próximamente.

-basta que haya dicho esto para que ahora tenga posibilidades y tiempo para conectarme cada día-

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el concepto de viaje tiene diferentes connotaciones en diferentes culturas: para unas es una muestra de lujo, para otras una necesidad de supervivencia, para otras un rito de paso -y como esta última es la que me interesa hoy, pues me paro aquí-.

muchos de mis alumnos en California -uso el masculino porque la mayoría eran varones- me contaban cómo habían pasado unos meses viajando por Europa, Latinoamérica o Asia y cómo esos viajes les habían cambiado la vida y eso me hacía pensar en los diferentes ritos de paso que cumplimos para marcar nuestro paso a la edad adulta. en mi caso, supongo que el mayor rito de paso fue cobrar mi primer sueldo y vivir por mi cuenta -todo a la vez- pero estamos hablando de mis 24 años… y estos tíos tenían 18 cuando pillaron la mochila y se fueron por ahí. así que, bien pensado, la envidia debería estar incluída en la lista de mis reacciones ante sus historias.

en España el equivalente sería irse de interrail por Europa pero no creo que tenga el nivel de rito de paso que puede tener para los estadounidenses o los australianos -esa si es una cultura del viaje, wow-.

todo esta charla sobre viajar no se debe a un nuevo subidón de mi ego en desplazamiento sino a un blog del New York Times llamado Frugal Traveler en el que su creador postea sobre su recién iniciado viaje por Europa. su Grand Tour. si os gustan los diarios de viaje, este tiene pinta de ser interesante y suficientemente breve como para aportar un poco de sal turística una vez a la semana -y de vez en cuando algunas notas entre medias-.

a ver si se pasa por España, siempre es interesante conocer el punto de vista de un outsider -aunque sea para insultarle con razones!.

ya no lo tengo tan claro. y empieza a ser demasiado extraño.

al principio era sólo con el idioma… no me daba cuenta de en qué idioma estaba leyendo páginas de internet a menos que me encontrase con algo muy llamativo. eso fue raro pero me acostumbré rápido.

después vino lo de olvidarme del contexto y sorprenderme cuando leía o escuchaba algo en español… incluso estando en España. eso ya me dio que pensar.

sin embargo fue lo de hoy lo que me preocupa: iba caminando con Marcos y Luis por una calle del barrio cuando me fijé en las farolas… eran las hermosas y sobrevaloradas que el ayuntamiento incrusta cada cinco metros en la ciudad lo que me sobresaltó fue la conciencia de ESTAR en Oviedo, de conocer aquella calle y sin embargo tener el sentimiento – y la sensación- de estar en Heidelberg.

típico desdoblamiento, supongo. a veces me parece estar de vuelta en la otra ciudad, sea la que sea, demasiado rápido.

el tiempo es relativo, eso lo sabemos. de igual manera la calidad de nuestro tiempo hace que lo recordemos de una u otra manera. quizá por eso las fronteras entre buenos momentos se me estén diluyendo, da igual el pixel de google maps en que me encuentre. supongo que todo el mundo termina siendo una red interconectada cuya velocidad de transmisión es ligeramente más lenta que la que circula por fibra de vidrio.

no es que haya un fallo en matrix, sino que cambio de pantalla demasiado rápido para la poca velocidad de mi procesador

🙂

Hay edificios que llevan su historia escrita en cada una de las grietas que marcan su fachada. Las remodelaciones, las partes originales, las mezquindades de la edad. Y si miras lo suficiente puedes leer la historia del lugar en que te encuentras. Eso me ha pasado con esta casa desde la que escribo -son las 11:46 del miércoles 20 de febrero- lo que postearé en cuanto tenga conexión. Esta casa tiene una historia que me saltó encima en cuanto pisé su sucio rellano: se llama “Start Point”. Si me preguntas por qué en inglés y no en español o en polaco… supongo que te respondería algo medianamente honesto, como que mi snobismo tiene en los últimos tiempos un recurrente fraseo anglófilo -el emperador me lo perdone-.

Start Point, pues. Nuestra casa de acogida en Cracovia.

La primera noche que pasamos aquí, después de deambular como viajeros con hábitos turista a -1º, fue la más fría que he sufrido en mi vida. Principalmente porque a nuestra amiga se le olvidó comentarnos cómo coño se encendía la calefacción -una especie de estufa que claramente ya no funcionaba a carbón-. La consecuencia directa de ese olvido fue que I y yo disfrutamos de una agradable temperatura de 0º por la noche dentro de la casa. Dormí con dos camisetas, un jersey, calcetines y gorro para evitar lo inevitable. A la mañana siguiente visitamos la ciudad con las gargantas en flor. Y ese fue el sábado más frío desde mis tiempos en Bretaña. Hubo -8º que se dice pronto pero se sufre despacio, sobre todo cuando sopla viento que agrava la sensación. Pero nada de eso impide que Cracovia, como dije a M cuando me habló de cierto soneto que aún! no he podido leer, sea una vieja dama cubierta de sucio armiño. Todavía elegante pese a las numerosas arrugas y el falso brillo de sus remplazadas joyas.

Continuación del 21/02

Con esa primera noche y primer día como base… qué coño se podía esperar del resto. frío y calor a intervalos no siempre equidistantes. Visitamos el castillo -no pudimos entrar en la cueva del dragón, parece que sin su antiguo inquilino el sitio se hiela en invierno-. Pateamos el barrio judío (Kazimierz) y comimos en uno de los mejores restaurantes que he pisado, el Ariel. Desde ahí todo se hizo un poco más monótono… principalmente porque los dos acabamos jodidos de la garganta -esas temperaturas se pagan- y terminamos pasando dos días en actividad mínima y uno en media.

Tampoco es que haya nada malo en quedarse en casa viendo nevar a lo polaco.
Pero la ciudad me parece triste. Quizá sea el frío o quizá que la gente no sonríe mucho… todo el tiempo tuve el sentimiento de estar en una película en que buena gente iba a acabar jodida por el sistema… algo así. Cierto es que hubo momentos de hermoso surrealismo, por ejemplo cuando fuimos a comer a un antiguo “Milk Bar” de la era soviética, transformado en cantina barata para estudiantes… y ancianos melancólicos que van allí a comer como hicieron durante tantos años con el resto de camaradas trabajadores. Pondré fotos en Flickr para que lo podáis ver, merece la pena.

El resto es muy largo de contar así que invítame a un café y te cuento el viaje en sí. Te hablo de aviones aterrizando en diagonal y de porqué ser un turista es ser una mierda, cada vez más.

Esto no va de eso…

… y yo quiero quitarme este post del medio. Para poner otras cosas.