El gurú de la productividad que quiso abdicar: Merlin Mann y el auto-escapismo

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He escrito en varias ocasiones sobre Merlin Mann, que se hizo famoso entre la comunidad Geek con su Hipster PDA sus consejos para ser más productivo y sus intervenciones como participante en el podcast MacBreak Weekly. A mediados de la primera década del presente siglo, Mann subió al Olimpo de las referencias obligadas por arengar a las masas a la creación de cosas interesantes, por sugerir las mejores herramientas para hacerlo y por gritar a cualquiera que estuviera interesado en escuchar que, en realidad, para trabajar bien, solo hay que ponerse a trabajar, y hay que hacerlo en copiosas cantidades.

Después de publicar el post que escribí hace unas semanas sobre las “herramientas de productividad” me di cuenta de que el señor Mann había dejado de escribir en su famoso 43 Folders y que sus nuevos post aparecen en un Tumblr llamado Kung Fu Grippe en el que habla, principalmente, sobre cómics, música y cosas graciosas que encuentra por internet.

Increíble: quien pensábamos era el futuro gurú máximo de la productividad ahora se dedica a publicar capturas de pantalla de Iron Man, Spiderman y Hawkeye o a comentar la última canción de Adventure Time. Seguí indagando sobre sus presentes actividades y me encontré con los dos podcast en que ahora participa habitualmente:

  • Back To Work, en el que, semanalmente, habla con Dan Benjamin sobre cualquier cosa (principalmente cómics, su hija y la música), y, de vez en cuando, sobre lo difícil que es hacer cosas.
  • Roderick on the line, en el que habla con su amigo, el guitarrista John Roderick) sobre todo y nada, sobre la vida, sus aventuras y las lecciones que de ellas, quizá, podemos aprender, según el roquero. O no.

¿Qué tienen en común estos dos programas?
Su profunda originalidad y su estrambótica ejecución. Mann desarrolla con sus dos coanfitriones una serie de tics y afectaciones que convierten cada episodio en una sesión cómica no apta para todo el mundo (tiene un sentido del humor basado en la repetición y ruptura de la relación causa-efecto) que fluctúa entre lo muy intelectual y lo aparentemente infantil).

Cualquiera que hubiera escuchado a Mann por última vez hace tres años, como era mi caso, y se encuentre ahora con sus nuevas aventuras creativas pensaría que este buen hombre ha sufrido algún tipo de enfermedad mental que le ha hecho pasar de ser un ejemplo de eficacia a convertirse en un genio balbuceante. Y, aunque esto es principalmente falso, hay algo de tristemente cierto en ello… solo que a la inversa: Mann fue diagnosticado con trastorno con déficit de atención por hiperactividad y, en el proceso de escribir un libro que iba a ser un resumen de todos sus consejos para hacer más, ser mejor, usar las mejores herramientas creativas y organizativas mientras controlas tu email y no lo contrario, etc, etc… sufrió una revelación/crisis personal que lo llevó a poner en duda la validez final de todo lo que había hecho anteriormente (estos serían los balbuceos de genio) y, teniendo en mente a su hija pero recordando su relación con su difunto padre, decir que “my cranking has produced joyless and unemotional bullshit that couldn’t comfort, help, or please anyone”. Desde entonces, su prioridad sería ver crecer a su hija, pasar tiempo de calidad con la familia y hacer cosas auténticas que sirvieran para hacerlo feliz a él, a los suyos y a su público. De ahí el redescubrimiento de su perdida pasión por los cómics y su aceptación de lo aparentemente banal como fuente de felicidad. Pero esto no quiere decir que el señor Mann haya dejado de tener una mente inquisitiva o que no siga siendo profundamente perspicaz e inteligente, sino que ahora reconoce que lo importante es ponerse a trabajar y no qué tipo de libreta usas para escribir o que app usas para monitorizar tus palabras tecleadas por minuto y sincronizarlo con el intensidad de las luces en tu estudio. Por ejemplo.

Esta historia vital me sorprende porque, irónicamente, tiene algo de alegoría inspiradora: el supuesto gurú de la creatividad que hostiga a sus lectores a concentrarse pero tiene, en privado, terribles problemas para ponerse a trabajar. El autor que decide dejar de hacer aquello que su público le pide y su cartera le agradecería para entregarse a lo que le apasiona. El hijo que, para ser un buen padre tiene que reconciliarse con su niño interior…

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