somos móviles y la importancia del espacio que ocupamos disminuye

desde hace poco llevo conmigo un nuevo móvil de esos que algunos llaman inteligentes y que la ciencia ficción de hace una década llamaba ordenadores de bolsillo.

 a raíz de mi nueva relación con esa tecnología estoy empezando a ver cosas que antes intuía como consecuencia de la tecnologización de las rutinas y la hiperconectividad constante y ubicua: por ejemplo, si tengo una duda en medio de una conversación con amigos, echo mano al bolsillo, saco mi teléfono y Google me dice la respuesta en unos segundos, ya sea el nombre de una ciudad sueca o el siglo en el que murió un personaje histórico.

se acabó el tener dudas.

espero que veas las consecuencias de ello. en primer lugar, algun@s amig@s ven este nuevo uso de la tecnología como una invasión de la tranquilidad y las buenas maneras -algo que yo comparo con la aparición de los primeros minutos perdidos escribiendo sms… algo que antes nos parecía de mala educación y que ahora toleramos, porque todos somos maleducados.

una conversación deliciosa con Marcos Campello -filósofo de formación y moderno de espíritu- me hizo darme cuenta de hasta qué punto estamos en un momento de cambioe n la forma de interactuar con nuestros compañeros humanos: él defendía la necesidad del no-ser -algo así como la necesidad de admitir que no podemos estar a todo, aunque tecnológicamente podamos; la necesidad de reclamar la monotarea para mantener la cordura social-.

yo, que desde hace años uso por necesidad diferentes ventanas para alcanzar a amig@s que viven en diferentes continentes, creo que estamos deslocalizándonos de manera demasiado despreocupada. incluso aunque seamos conscientes de que ese alejamiento del espacio físico es falaz -nuestros cuerpos siguen ligados al aquí y ahora, no lo olvidemos, con nuestros respectivos colores de piel, problemas bancarios, estadios de envejecimiento-.

somos cada vez más móviles porque la tecnología nos lo permite, pero debemos entender qué implica esa movilidad y crear/adoptar normas de uso para integrar ese desplazamiento -ese “estar en la ventana” que dice Campello- con la permanencia de nuestro cuerpo y el suspenso de las conversaciones que hasta ahora habíamos establecido físicamente.

y antes de que nadie me hable de que ese debate ya está superado en ciudades más grandes, y que la transición de la que hablo es propia de lugares menos tecnologizados, debo decir… que sí, por supuesto, el debate se plantea cuando aparece una masa crítica de usuarios, pero no creo que en todas partes se estén encontrando las mismas soluciones: en Los Angeles vi a gente ir a todas partes con el bluetooth en la oreja y era normal que alguien te interrumpiera con una mano en medio de una conversación para coger una llamada; en Holanda se consideraba de mala educación prestar demasiada atención al móvil a no ser que alguien te llamara, y en Alemania -Stuttgart, Heidelberg… suroeste, principalmente- usar demasiado el móvil, en cualquier contexto, se considera un signo de incapacidad social y de problemas para relacionarse.

así que lo de “n todas partes cuecen habas” puede ser verdad… pero en mi tierra las llamamos fabes.

hoy, que estamos en la antesala de una extraña huelga general, no sé si “la revolución será tuiteada” pero sí sé que de nuestra forma de usar las nuevas herramientas e infraestructuras de las que disponemos se derivará el tipo de sociedad que tendremos en un futuro próximo.

ahí está. de lo particular a lo general

[enviado desde mi Android]

foto

vía email from cajón de sastre de nachovega

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