el anonimato de las grandes ciudades

cruzarte cada día con gente que quizá no vuelvas a ignorar nuca más… porque nunca volveréis a compartir la misma acer; sentirte perdido en medio de una multitud que supone la rutina de unas calles por las que caminas cada día. New York, Los Angeles, Londres, México, Berlín, Madrid… ahí he sentido esa sensación, pero no en la ciudad en la que nací y crecí, no en las ciudades más pequeñas en las que ahora paso mis días. y me alegro de no estar marcado por esa sensación.

hoy pasé cierto tiempo en el autobús, más del habitual debido a un atasco en la carretera que lleva desde el campus “extramuros” de Utrecht a mi apartamento, y me fijé en cómo la gente se miraban los unos a los otros, como podemos hacer en Oviedo cuando estamos en un transorte público, no es que te fijes mucho en los demás, pero no pasa nada por mirar a otra gente. en as ciudades grandes eso no pasa. cada uno va a lo suyo, sin hacer caso de lo que scede alrededor. na cosa es decir que ahora todos vamos con el iPod o lo que sea aislándonos de los demás y otra cosa es sentir esa fuerza de cientos de personas pasando de todo más allá de los 30cm de su espacio personal.

el anonimato que casi te garantiza vivir en una ciudad grande -y quiero decir grande de verdad- hace que te relaciones de manera diferente con tu personalidad como transeúnte, como cliente, como peatón. cuando estoy en mi ciudad -menos de 300000 habitantes- no me sorprende caminar por la calle y encontrarme con tres o cuatro personas que me conocen , si eso pasase en LA lo llamaría una increíble casualidad. eso hace que tengas una percepción diferente de tu pertenencia a la ciudad y de tu relación con la otra gente que la habita. la idea de perderte en una multitud resulta imposible de entender hasta que realmente caminas por una par de días por calles que están casi a todas horas saturadas de gente. la idea del flaneûr, que es de lo más apetecible en su bohemio romanticismo, necesita darse en ciudades enormes para lucir con todo su esplendor. París, claro, es la ciudad del merodeador peripatético, del vagabundo existencialista que se entiende a sí mismo perdiéndose por los grandes laberintos urbanos.

después de dos meses en Utrecht me doy cuenta de que ya conozco a unas cuantas personas por la calle: vendedores de comida, de flores y libros. conductoras de autobús, gente que viaja en las mismas líneas que yo… el anonimato se empieza a desvanecer, y no es que me importe demasiado, pero me hace pensar en los fantasmas que se arrastran por las grandes ciudades, desapareciendo tras los rostros cambiantes de millones de personas que, como ellos, tampoco importan demasiado.

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