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Hace unos meses que medito sobre la normalidad y la insatisfacción personal crónica,  las crisis existenciales y de identidad  y el síndrome del impostor/a como parte demasiado importante de las vidas que veo a mi alrededor. No hablo de la gente que conoces tú, sino de la que he conocido yo.

Hoy, nada de estadísticas oficiales. Pura y dura observación personal, segada, parcial y situada. Esto no es ciencia, es opinión.

Doy mucha importancia al demagogo concepto de normalidad, quizás porque yo mismo llevo unos 13 años descentrado, esto es, lejos del entorno o centro de normativización en el que se desarrollaron la mayor parte de los cimientos de mi noción de la identidad. Lo normal es, por tanto, para mí, lo acordado, tácitamente o no, como tal en un determinado contexto. Por este hecho he llegado a una clasificación terriblemente acientífica, insultante y relativamente banal, pero que, en mi experiencia -que no espero compartas-, funciona, como tantísimas cosas en este mundo, en una proporción a su favor de 80%/20%. En la última década y pico he vivido en dos continentes, cuatro países, ocho ciudades. He tenido el privilegio de ganar, perder y mantener amig@s de múltiples orígenes, y contextos socio-económicos. He conocido personas nativas de una cultura que me han guiado por sus ciudades/idiomas/costumbres… y he vagabundeado con extranjer@s por culturas extranjeras. En estos encuentros, en todos ellos, es en lo que baso mi teoría de la normalidad/felicidad al 80%/20%:

 

  • El 80% de las personas que conozco que viven centradas en su propia cultura son normales y viven vidas normalmente felices. Es decir, no destacan demasiado de sus coetáneos y coterráneos en cuanto a sus modos, aunque cada persona puede manifestar diferencias en lo accidental. No son significativamente más felices ni más infelices que los demás, según el baremo creado por la normalidad que les rodea, puesto que no presentan grandes altibajos emocionales, salvo en circunstancias excepcionales. El 20% de las personas que conozco que viven centradas en su propia cultura son anormales y viven vidas anormalmente felices. Es decir, destacan respecto a sus coetáneos y coterráneos en cuanto a sus modos y, en muchas ocasiones, en sus accidentes. Son más felices o infelices que los demás, según el baremo creado por la normalidad que les rodea, puesto que presentan grandes altibajos emocionales con notable periodicidad.

 

  • El 80% de las personas que conozco que viven descentradas de su propia cultura son anormales, tanto para la cultura en la que se enclava como para la cultura de la que proceden, y viven vidas anormalmente felices. Es decir, destacan entre sus coetáneos y coterráneos -tanto de origen como de acogida- en cuanto a sus modos, aunque cada persona puede manifestar también diferencias en lo accidental. Son más felices o infelices que los demás, según el baremo creado por la normalidad que les rodea, puesto que presentan altibajos emocionales con notable periodicidad. El 20% de las personas que conozco que viven descentradas de su propia cultura son relativamente normales, tanto para la cultura en la que se enclavan como para la cultura de la que proceden, y viven vidas relativamente felices según las normas en las que se mueven. Es decir, destacan tan solo parcialmente respecto a sus coetáneos y coterráneos en cuanto a sus modos y, en muchas ocasiones, en sus accidentes. Son moderadamente más felices o infelices que los demás según el baremo creado tanto por la normalidad que les rodea como por la de su contexto de origen, puesto que presentan ligeros altibajos emocionales con cierta periodicidad.

 

Quizás esto sea una perogrullada, quizás una estupidez, o quizás saber esto, que tanto la  normalidad centrada como la anormalidad descentrada tienen sus ventajas y peligros, sea una de las lecciones más importantes que he aprendido en estos últimos años.