la pregunta es sencilla: ¿cuánto tiempo dedicas a mantener tu presencia en contextos de la web 2.0?. entorno a esa reflexión, lanzada por muchos blogs pero, esta vez, por Museum2.0, referido por readwriteweb, adquire un matiz más interesante y es que

«la gente real no tiene tiempo para las redes sociales«, donde real viene a ser sinónimo de «que trabajan fuera del ámbito geek».

al margen de los términos problemáticos me parece una reflexión necesaria en un momento en que podemos caer en la tentación de olvidar que esta revolución conectiva que vivimos afecta a un pequeño sector social de ese pequeño sector mundial que es Occidente -con O mayúscula de «venga, vamos a decirlo de una manera rápida»-.

si no hay infraestructura para conectarse a la red, nada de web, ni siquiera 1.0. si hay infraestructura pero no hay educación en cómo usar la web, podemos llegar a la 1.0… pero tendremos poco más que un usuario de teletexto con teclado. y, a esto va el artículo, si estás currando 13 horas diarias -tienes dos trabajos o curras en la oficina/empresa/comercio… y luego llegas a casa y limpias/cocinas/»educas»…- pues lo de crearte un perfil en facebook te viene dando de lado. hablo de diferencia de oportunidades, algo evidente, ¿no?.

pero qué pasa cuando digo que ahora estoy hablando de mujeres y web2.0 -creo que si vuelvo a teclear esos seis caracteres me va a dar algo-.

no tengo datos -y me encantaría tener tiempo para investigarlo- pero la presencia femenina como creadoras visibles en las redes sociales es minoritarias. otra cosa son las participantes en esas redes; las chicas que tienen una página de MySpace o un fotolog o una cuenta Flickr… pero
de los blogs lees al día, ¿cuántos están escritos por mujeres?, ¿cuántas son gurúes de nuestras feeds diarias?,¿cuántos puedes encontrar buscando específicamente en un área de tu interés?.

así que la brecha digital también es una cuestión de género.

hace unos cuantos años -creo que 8- un compañero de aventuras antiglobalizadoras me contó una anécdota; es una historia que se ha quedado desfasada pero espero que sirva para transmitir lo que pienso:

él estaba en un restaurante, cenando con una chica a la que había visto un par de veces. ambos eran adultos, independientes y con inquietudes intelectuales parecidas así que se abían metido en ese hermoso laberinto que es el flirteo. cuando apenas llevaban media hora comiendo, ella llevaba ya tres sms -recordad que hablo del 99 o así- y había dejado el teléfono sobre la mesa, algo que, incluso ahora, yo considero de mala educación si estoy en un restaurante. así que este tipo le preguntó a la chica si se estaba aburriendo con él, a lo que ella respondió que no pero que tenía cosas que decir a otras personas y que no quería perder el tiempo. él pidió la cuenta y se marchó del restaurante.

cuando me contó la historia me dijo que lo que más le había molestado era la expresión «perder el tiempo». porque el tiempo nunca se pierde, sólo se dedica a algo.

el otro día mantenía una conversación con M acerca de algo que ahora escapa a mi memoria. el caso es que yo hice la distinción entre perder el tiempo e invertirlo. lo primero sería, por ejemplo, pasar una mañana viendo episodios de una serie que ni siquiera te gusta. lo segundo podría ejemplificarse en leer un libro, pasear, comer chipirones o tratar de escribir algo bueno. bien. tan pronto como hice esa distinción me acordé de mi compañero y sonreí por dentro porque yo había usado las mismas palabras que él odiaba para defender algo muy parecido: el derecho a jugar.

no importa que él no se refiriese exactamente a eso. el espíritu es el mismo. creo que tod@s necesitamos una dosis de irracionalidad, de divertimento no-productivo para el sistema capitalista. tod@s tenemos derecho al juego. y uso este sustantivo con el sentido más común de la expresión –Ejercicio recreativo sometido a reglas, y en el cual se gana o se pierde– no quiero tener problemas con los filósofos del juego 🙂

y esa ausencia de juego es un problema porque en nuestra sociedad se ve mal que los adultos jueguen a según qué cosas. está bien si hablamos de cartas, dardos, parchises, ajedreces u otros juegos aceptados… pero si te sales de ahí, la cosa empieza a ir mal. para diferenciar entre el terreno de la infancia y el de la edad adulta hablamos de juegos de pareja, juegos eróticos, juegos de manos, juegos de azar -como si esos fueran patrimonio de una cierta etapa vital-.

pero dedicar tiempo a un divertimento que podría ser propio de un niño nos rebaja, nos hace, al parecer, débiles. qué pena. yo juego mucho, a veces demasiado:

juego juegos admitidos por la sociedad, ridiculizados por la sociedad y tabú para la sociedad. creo que eso no es perder el tiempo, sino -perdón por el odioso símil económico- invertir mi tiempo en mejorar mi vida.

¿cuánto hace que no juegas?

(foto de PanImp)