persiguiendo la autenticidad con fotografía instantánea


hacer fotos, hoy, no es nada especial. es una acción casi inconsciente que muchos de nosotros llevamos a cabo múltiples veces cada día; cuestión de escasos segundos, poco más si la compartimos, haciéndola viajar alrededor del globo, para ser recibida, sonreída y olvidada por todos los implicados.

los móviles incluyen cámaras de creciente mayor definición, y tenemos tantos megapíxeles a disposición de nuestro capricho inmortalizador que todas las fotos tienen un tamaño más que adecuado. si hace apenas una década la conversación sobre los megas de tu cámara era algo usual, ahora es una nota anecdótica, porque las calidades son tan altas que otras tecnologías como el tamaño del sensor, los elementos de IA integrada o las lentes periscópicas de alta resolución se han convertido en medidas de calidad mucho más relevantes.

nuestras fotos ahora son más realistas, pero hay algo en mí que me hace sentirlas menos auténticas. obviamente estoy hablando de una percepción subjetiva y completamente irracional. sé que una foto hecha con mi móvil, en casi cualesquiera condiciones de iluminación, resultará posiblemente más nítida y cercana a la realidad que ninguna hecha con la mayor parte de mis cámaras analógicas, porque el grano que suele introducir el carrete es más visible que el ruido digital. y no estoy hablando de una cámara de medio formato con película de muy baja ISO, que eso aún puede sobrepasar mucho de lo digital. pienso en lo más usual, nuestros móviles cotidianos, fábricas de selfies y portales al Instagram.

no sé cómo explicarlo, pero una foto analógica me aporta, irracional, emocionalmente, una mayor sensación de autenticidad que la sencilla cuasiperfección de las fotos digitales que ahora nos rodean.

creo que esta forma de sentir se ha ido incrementando en los últimos años, sobre todo con el auge de la IA y de las herramientas de manipulación de imágenes. la facilidad con que se crean falsas fotos cada vez más realistas de realidades que nunca existieron hace que valore aún más la fotografía química, cuya manipulación requiere un poco más de trabajo. si te interesa este delicioso tema, echa un vistazo a la cabeza de Lincoln (1860), las hadas de Cottingley (1917), la purga de Trotsky (1920), los ojos de Franco en Hendaya (1940), el izado de la bandera sobre el Reichstag (1945) o, incluso, a la chica afgana de McCurry (1984).

conste que no tengo nada en contra de la manipulación de imágenes con intenciones artísticas, informativas, o lo que sea, y sé que es casi imposible no manipular de una u otra manera una fotografía analógica. de hecho, pienso mucho en este tema.

para mí existen tres momentos en los que manipulamos la realidad que estamos fotografiando: la toma de la fotografía, el revelado del carrete y la creación de la copia:

  1. cuando estamos haciendo una foto, tomamos múltiples decisiones que influyen en qué muestra la luz que vamos a dejar entrar en la cámara. la posición desde la que disparamos, la distancia focal del objetivo que usamos, la velocidad de obturación y la apertura, los filtros colocados sobre la lente, el carrete elegido… todo esto tiene un efecto sobre cómo queda grabado lo que vemos. así, presentamos una perspectiva de la realidad y no otra, podemos hacer que las distancias y proporciones se alteren, que el movimiento se intensifique o desaparezca, que la profundidad de campo sea mayor o menor, que la luz brille de diferente manera, que haya más o menos distorsiones en la imagen final.
  2. según cómo revelemos nuestro carrete, es decir, según el tipo de química y las acciones físicas (agitado) durante el proceso, alteraremos contraste, grano y nitidez, color e incluso sensibilidad real del negativo.
  3. una vez tenemos un negativo revelado, podemos llevarlo a otro soporte, por ejemplo a papel fotográfico o a formato digital, escaneando las imágenes, y estos procesos nos llevan a tomar decisiones que cambiarán el contraste, modificarán zonas puntuales de la imagen, alterarán perfiles de color, limpiarán imperfecciones de la imagen y manipularán de otras muchas maneras la copia final que podremos presentar al mundo.

en las más de tres décadas que llevo haciendo fotos con cámaras analógicas, he cambiado un par de veces mi forma de entender la relación entre fotografía y autenticidad.

cuando era niño y seguía las instrucciones de mi padre para manipular una cámara que siempre pesaba demasiado, la fotografía era cuestión de números y precisión, y el resultado exitoso era aquel que, tras pasar por el laboratorio, producía una diapositiva digna de ser proyectada en la pantalla que iluminaba nuestro salón en tantas ocasiones. esas imágenes eran la realidad. eran auténticas, sin importar la ocasional saturación de colores o pequeñas distorsiones. la fotografía era ciencia, arte y verdad.

cuando empecé a tomar y revelar mis propias fotos, muchos años después, me enfrenté a la primera «desilusión» de mi visión simplista de la fotografía: cada decisión cuenta y conseguir una imagen que sea espejo de la realidad es una tarea compleja con muchos pasos… que muchos de mis ídolos no respetaban de la forma que yo imaginaba. pensemos en la chica afgana de McCurry, una de las imágenes que marcaron mi interés por la fotografía. un retrato tan puro, tan radiante, tan perfecto. hasta que leí una entrevista con el fotógrafo y entendí que lo que veía no era una foto, sino un producto visual altamente modificado, con el fondo suavizado, la piel oscurecida o el brillo de los ojos, esos ojos que nunca fueron así, intensificado. y no pasa nada. es una foto magnífica. de las mejores.

la verdad que sale de mis fotos pocas veces es la misma que vieron mis ojos, y eso a veces me agrada y a veces me disgusta, pero he aprendido a usar las herramientas a mi disposición, la cámara, la química y el escaneo digital, para crear las imágenes que busco, o las que a veces encuentro sin saber que estaban ahí. sigo prefiriendo una intervención tan mínima en el negativo como sea posible, pero ahora sé que es imposible no influir, no modificar, no dejar nuestra huella en la imagen fotografiada.

digamos que fue en 2014 cuando acepté esta visión de la fotografía. durante los siguientes 10 años, revelé cientos de carretes, experimenté con múltiples técnicas de escaneado y conseguí unas cuantas imágenes de las que estoy orgulloso. pero fue en 2024 cuando, casi por casualidad, volví a jugar, sin excesivas pretensiones, con un soporte que me hacía gracia, pero que nunca había tomado demasiado en serio: la fotografía instantánea, concretamente la fotografía con una cámara de gama media de Polaroid (una Polaroid Now Gen 2).

durante mi primera semana con esa cámara debí disparar unos 5 cartuchos de Polaroid, quemando en pocos días mi presupuesto fotográfico para experimentación de varios meses. y me encantó. me enganchó. me dio una nueva forma de pensar en la autenticidad fotográfica.

la fotografía instantánea nos permite ver lo que fotografiamos con increíble rapidez. minutos o, dependiendo del tipo de película (Instax), ¡segundos! y es esa rapidez que une el momento de la exposición y el del primer visionado el que ha hecho cambiar algo en mi forma de fotografiar y ver lo que fotografío. quizás tiene que ver con el hecho de que la química presente en cada Polaroid está ahí antes de que la expongas a la luz, y que es la misma dentro de cada cartucho de 8 fotos, así que las reglas de juego para cada foto de ese grupo son las mismas, si hay un ligero (o no tan ligero) viraje al sepia o una saturación excesiva, todo el cartucho irá igual, y yo no tendré ningún control sobre ello. yo me limito a ver en mi mente la foto que quiero hacer y convertir mi pensamiento en impulso mecánico. lo que la cámara escupe en pocos segundos es la única versión posible de esa foto en esas condiciones. y me encanta. es una fotografía analógica con reglas estrictas (la química que crea la imagen), pero que me da un nivel de control artístico altísimo, sobre todo ahora, con cámaras completamente manuales como la i-2.

otro día hablaremos de los caprichos, artefactos y aberraciones de este tipo de fotografía, pero para mí es innegable que la fotografía instantánea me hace respirar artísticamente de otra forma, me hace sentirme más unido a mi biografía mientras hago las cosas a mi manera, y me hace estar más presente en el momento que fotografío. todo muy auténtico.


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